El mito del Minotauro


En un tiempo muy antiguo, tan antiguo que apenas nuestra memoria alcanza a recordar, Europa fue seducida por el gran Zeus bajo la apariencia de un hermosísimo toro blanco. La bella mujer se montó sobre su lomo y fue llevada a la lejana isla de Creta en la que concibió a tres criaturas: Minos, Radamantis y Sarpedón. En busca de nuevas conquistas, Zeus abandonó la isla y Europa contrajo matrimonio con Asterión, el rey de Creta.

Pasados los años, Asterión envejeció y quiso entregar su trono a aquél de sus hijos que mostrara la mayor capacidad para gobernar su tierra. Minos pidió ayuda a Poseidón, dios de los mares y de los océanos, que decidió entregarle al toro más bravo de sus rebaños con la condición de que lo sacrificara en su honor  después de haber alcanzado la corona. Minos ganó el reto propuesto por su padre y se convirtió en el nuevo rey de Creta, pero, temeroso de perder su poder, escondió al toro en sus establos.

La furia de Poseidón se desató de tal forma que decidió enviar el castigo más terrible que hubiera asolado esa tierra. Provocó que Pasífae, la esposa de Minos, enloqueciera de amor por el toro hasta el punto de copular con él y quedar embarazada del que debería ser el heredero del reino gobernado por Minos. Pasífae parió un monstruo mitad hombre, mitad toro que fue escondido en un laberinto construido especialmente como fortaleza para su trágica existencia.

Con el fin de proveerle de alimentos, cada año se le entregaban siete jóvenes doncellas y siete jóvenes mancebos, todos ellos vírgenes y provenientes de la gran ciudad de Atenas.

El Minotauro no representa sólo la bestia que habitaba los sueños más terribles de las criaturas atenienses sino que forma parte del árbol genealógico de una Europa que llega hasta nuestros días a través de una devastadora cadena de sacrificios. Y como si aquel tiempo ancestral no hubiera cerrado su ciclo, Marguerite Yourcenar nos recuerda a través de su sentencia que, escondido en las recónditas estancias de nuestra memoria, todavía habita el monstruo: “Qui n´a pas son Minotaure?”